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jueves, 24 de enero de 2008

La edad de oro.



La novela negra está viviendo ahora una auténtica edad de oro.

En las primeras décadas del siglo pasado, la novela negra surgió con fuerza como reacción a las novelas de misterio y sobre todo como la única manera de hacer crítica social para las clases populares en los Estados Unidos de América. Los grandes nombres de este moviento Chandler, Hammet, Burnett dejaron paso a nuevas generaciones Macdonald, Thompson, Mc Bain, Westlake... hasta crear una corriente, un género fuerte pero con riesgo de repetirse. En los 90, y siguiendo el ejemplo de algunos precursores como Simenón, Montalbán, Sjowäll y Walhöö, el espacio geográfico y temático se amplió, y no sólo los Estados Unidos, Inglaterra y Francia tenían autores de novela negra sino también países como España, Italia, Suecia, Grecia, Escocia disfrutaban de sus narradores autóctonos con personalidad propia en Europa. Por otro lado, México, Sudáfrica, Cuba, Argentina, Israel... eran la demostración que el fenómeno se había extendido por todo el mundo.

Es por eso que ahora vivimos una edad de oro de este género, los autores no imitan clichés importados de los Estados Unidos o Europa occidental sino que a través de la literatura negra describen las entrañas, las cloacas y también las maravillas de su propia cultura.

Ahora autores como Mankell, Rankin, Lehane, Kerr, Block y Vargas llenan las librerías y se venden como rosquillas a un público amplio y fiel que aprecia estas obras.
En nuestro país el fenómeno es parecido al resto del mundo. Quizás existe un único pero que empaña este panorama: la edición de los clásicos indespensables para conocer la riqueza de este género. Autores como Ross Macdonald, Ed McBain, Bill Pronzini, Michael Collins, Sjowäll y Walhöö etc. no están editados como se merecen, algunos incluso no están editados en su totalidad y cuando se publican se repite la obra ya editada para evitar pagar el traductor y otros derechos. Creo que estamos en un momento en que las editoriales podrían plantearse hacer colecciones de autores y personajes clásicos y que el público respondería. Una biblioteca Lew Archer con sus 20 novelas y sus 2 ó 3 recoplilaciones de cuentos o una colección de la comisaría del Distrito 87 sería un acontecimiento y nos evitaría recorrer las librerías o bibliotecas del país buscando ediciones dispares, de diferentes épocas y que se deshacen en las manos.

Soñar no cuesta dinero pero me gustaría que este sueño no fuera eterno.